¿Qué estamos diciendo cuando decimos que aceptamos a otra persona?
Hay palabras que usamos con tanta frecuencia que a veces dejamos de preguntarnos qué significan realmente. Aceptar es una de ellas.

Decimos que queremos una sociedad más tolerante. Que debemos aceptar al que piensa distinto, al que vive distinto, al que ama distinto. Hablamos de aceptar la diversidad, de aceptar a las personas LGBTIQ+, de aceptar otras culturas, otras formas de familia y otras maneras de entender la vida.
Pero, ¿qué estamos diciendo cuando decimos que “aceptamos” a alguna persona?
¿Quién acepta a quién?
¿Qué lugar ocupamos cuando sentimos o pensamos que hay que aceptar la existencia de alguien diferente?
Aceptar no es conceder permiso
Cuando hablamos de derechos humanos hay algo fundamental que no deberíamos perder de vista: los derechos no dependen de que otra persona nos acepte.
Una persona no adquiere dignidad porque yo reconozca su dignidad.
Una persona no tiene derecho a existir porque yo considere válida su forma de vivir.
Una persona LGBTIQ+ no necesita que yo, desde mis creencias, mi educación, mi moral, mi religión, mis sesgos, mi experiencia de vida, o mi ética, declare que acepto quién es.
Su dignidad no está sometida a mi aprobación.
Esto puede parecer evidente. Sin embargo, en la vida cotidiana no siempre actuamos desde ese lugar. A veces hablamos de “aceptar” como si estuviéramos concediendo algo.
“Yo acepto que seas así.”
“Yo respeto que vivas de esa manera.”
“Yo acepto que tengas esa familia.”
Cuando hablamos de derechos humanos, el respeto no consiste en aceptar que el otro tenga permiso para ser diferente de mí. Consiste en reconocer que el otro tiene dignidad y derechos, aunque su experiencia, su historia, su realidad, sus decisiones o su manera de comprender el mundo sean diferentes de las mías.
En Colombia, la Corte Constitucional ha reiterado que la orientación sexual y la identidad de género están relacionadas con derechos fundamentales como la dignidad humana, la igualdad, la autonomía y el libre desarrollo de la personalidad, y que la discriminación por estas razones está prohibida por la Constitución.
Entonces la pregunta cambia
Ya no es solamente: ¿Acepto al otro?
También es: ¿Qué me pasa a mí frente al otro? ¿Qué dice de mí la manera en que me relaciono con quien es diferente? ¿Qué revela de mí aquello que me cuesta aceptar?
Una cámara con dos lentes
Quizás podamos profundizar esta reflexión imaginando una cámara con dos lentes.
Uno mira hacia afuera. Nos permite observar al otro: su historia, su cultura, su cuerpo, su familia, su manera de amar, su identidad, su forma de expresarse, sus creencias, sus experiencias y su realidad.
Pero hay otro lente que apunta hacia adentro. Ese lente nos invita a mirar nuestra propia historia. Lo que aprendimos. Lo que nos enseñaron que era “correcto”. Lo que nos dijeron que era “normal”. Las experiencias que tuvimos. Las personas con las que crecimos. Los privilegios que quizá nunca tuvimos que cuestionar porque siempre estuvieron ahí. Las ideas religiosas, morales o culturales desde las cuales aprendimos un “deber ser” que aparece una y otra vez cuando interpretamos el mundo.
Y ese lente también puede mostrarnos nuestros miedos. Nuestros prejuicios. Nuestras rigideces. Nuestra necesidad de que el otro se parezca a aquello que conocemos para sentir que el mundo tiene sentido.
Mirar con los dos lentes puede ayudarnos a comprender que muchas veces lo que llamamos “no aceptar al otro” también tiene que ver con lo que nosotros necesitamos que el otro sea.
Queremos que encaje. Que actúe como esperamos. Que piense como pensamos. Que crea lo que creemos. Que viva como creemos que debería vivir. Y cuando no lo hace, podemos sentir incomodidad, desilusión, miedo, rechazo o incluso indignación.
Quizás entonces la pregunta no sea: ¿Por qué es diferente esa persona?
Sino: ¿Por qué me cuesta tanto que sea diferente? ¿Qué dice de mí el que esa diferencia me cueste?
Tal vez aceptar también habla de nosotros
Cuando decimos que aceptamos a las personas LGBTIQ+, o a cualquier persona diferente de nosotros, solemos pensar que estamos hablando de ellas.
Y, en parte, es cierto.
Pero también estamos hablando de nosotros. De nuestra capacidad para reconocer o ignorar nuestros sesgos. De nuestra dificultad para abrir la mente y el corazón. De nuestra disposición para revisar aquello que aprendimos. De nuestra necesidad de tener razón. Incluso de querer imponerla. De nuestra incomodidad cuando algo no cabe en nuestras categorías conocidas. De nuestra habilidad para distinguir una fuente confiable de otra que no lo es.
Aceptar, entonces, puede ser mucho menos cómodo de lo que parece. Porque nos invita a dejar de ocupar el lugar desde el que evaluamos al otro y empezar a examinarnos a nosotros mismos.
Pasamos de preguntar si la vida del otro es válida a reconocer que no somos nosotros quienes otorgamos esa validez. De intentar que todas las personas encajen en nuestro mundo a ampliar nuestro mundo para que pueda contener más de una forma de existir.
¿Por qué importa esta reflexión?
Podría parecer que todo esto es únicamente una reflexión filosófica sobre nuestras actitudes. Sin embargo, la manera como respondemos frente a la diversidad puede tener consecuencias concretas en la vida de quienes la viven.
El Family Acceptance Project, de la Universidad Estatal de San Francisco, ha estudiado durante años cómo las reacciones familiares frente a jóvenes LGBTQ+ —desde la aceptación hasta la ambivalencia o el rechazo— se relacionan con su salud, su bienestar y sus posibilidades de desarrollarse. Una de sus contribuciones más interesantes ha sido mostrar que las familias pueden aprender formas concretas de apoyar a sus hijos, hijas e hijes LGBTQ+, incluso cuando inicialmente parten de creencias o valores que hacen difícil ese proceso.
Este hallazgo no significa que las personas LGBTIQ+ necesiten que nosotros las “aceptemos” para que su dignidad exista o para que sus derechos sean válidos.
Significa que nuestras palabras, nuestros silencios, nuestros gestos y nuestras formas de relacionarnos también forman parte del contexto en el que viven. Y que ese contexto puede favorecer su bienestar o convertirse en una fuente de sufrimiento.
Quizás por eso esta reflexión no sea solamente una discusión sobre el significado de una palabra. También es una invitación a preguntarnos desde qué lugar nos relacionamos con quienes son diferentes a nosotros.
Entonces, ¿qué significa aceptar?
Quizás ahí encontremos otro sentido para la palabra aceptación.
No como el poder que alguien tiene sobre otra persona para concederle el derecho a existir.
Sino como la oportunidad de aceptar algo sobre nosotros mismos.
Que no lo sabemos todo. Que no conocemos todas las historias. Que nuestras experiencias no son la medida de todas las experiencias humanas. Que aquello que para nosotros parece extraño puede ser simplemente algo que todavía no hemos aprendido a mirar. Y que convivir en una sociedad diversa no significa conseguir que todas las personas piensen, crean o vivan igual. Significa aprender a reconocer que la dignidad del otro no depende de nuestro permiso.
Quizás, en últimas, aceptar no sea decir:
“Acepto que seas diferente.”
Quizás se trate de poder decir:
“Reconozco que eres diferente a mí. Que no necesito comprender completamente tu realidad, ni tu experiencia para reconocer tu dignidad. Que mi tarea no es juzgar tu existencia, sino aprender a convivir contigo desde el respeto.”
Porque tal vez el verdadero desafío no sea aprender a aceptar a los demás, sino aprender a reconocer cuánto nos cuesta hacerlo y buscar aquello que podemos transformar en nosotros para que nadie tenga que dejar de ser quien es para poder pertenecer.
¿Qué me revela sobre mí aquello que me cuesta comprender, aceptar o respetar en otras personas?
Les leemos en los comentarios.
Sigamos aprendiendo en compañía.
Referencias:
Ryan, C. Hijxs saludables con el apoyo familiar: Ayuda para familias con hijxs gays, lesbianas, bisexuales y transgénero. San Francisco, CA: Marian Wright Edelman Institute, San Francisco State University, 2009.





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