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¿Por qué importan y qué enseñan las historias que contamos?

Imagen creada con apoyo de IA
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Hace unos días leí un texto de Orla McKeating sobre el poder de las historias para generar cambio. Orla es la fundadora de Still I Rise Diversity Storytelling, un proyecto que nació cuando notó la falta de representación de infancias afrodescendientes en los libros que le leía a su hijo.


Es un tema que a mí me apasiona profundamente desde hace años. No solo porque he investigado sobre ello sino porque lo he visto en la práctica, me he conmovido con lo que ocurre cuando una historia abre un camino para alguien, y por eso lo hemos convertido en una decisión metodológica en todo lo que hacemos en Creciendo en Identidad.


Siempre incluimos historias en nuestros programas. A veces es un testimonio en primera persona. A veces es un fragmento de un libro, un podcast, una película o un cuento. Estas historias no son solo recursos “bonitos” o lúdicos. Son herramientas centrales.


Lo que me gustó del texto de Orla fue que logró aterrizar esa idea hermosa —pero también abstracta— de que “las historias tienen el poder de cambiar el mundo” en algo concreto: así es como las historias generan cambio. Quise traerlo aquí para compartirlo con ustedes.


Las historias son espejos, ventanas y puertas. Ayudan a que los estudiantes se vean reflejados a sí mismos y también a que vean reflejadas las vidas de los demás. Cuando una persona se reconoce en un personaje, hay algo en su interior—en su identidad— que se afirma. Su autoestima se fortalece. Y cuando entra en la historia de alguien distinto, su empatía se expande, porque se abre la posibilidad de comprender experiencias que de otra manera serían lejanas o invisibles.


Las historias pueden ser espejos y ventanas, pero su mayor poder está en convertirse en puertas. Puertas a través de las cuales podemos cruzar y habitar, aunque sea por un momento, el mundo de alguien más. Eso crea una base real para conversaciones profundas y para el desarrollo de empatía.


Las historias vuelven accesible lo complejo. Hay palabras que usamos mucho cuando hablamos de diversidad e inclusión —identidad, justicia, pertenencia, equidad— que pueden quedarse en lo abstracto si no las volvemos experiencias reales. Una historia les da rostro, emociones y contexto. Convierte la palabra “pertenencia” en la vivencia concreta de alguien que fue excluido. Convierte la palabra “identidad” en la búsqueda de alguien que duda, siente y se pregunta quién es. Las historias ofrecen una entrada suave —pero profundamente transformadora— a conversaciones que, de otra forma, podrían generar resistencia o miedo.


Las historias no exigen perfección; invitan a la participación. No hay una respuesta correcta al final de un cuento. Lo que hay son preguntas. Interpretaciones. Silencios. En un salón de clases, una historia bien sostenida crea un espacio donde cada persona puede estar desde su propio lugar. Eso fomenta pensamiento crítico y habilidades conversacionales en lugar de repetición o imposición.


Las historias cambian vidas. Si pienso en mi experiencia persona, puedo nombrar varias historias que han marcado mi manera de ver el mundo. Seguramente ustedes también tengan historias así en sus memorias y corazones. No es exagerado decir que una historia escuchada en el momento adecuado puede quedarse con nosotros durante años y abrir posibilidades que antes no estaban disponibles.


En Creciendo en Identidad pensamos, al igual que Orla, que si las historias moldean la forma en la que las infancias y adolescencias se ven a sí mismas y al mundo que les rodea, entonces las historias que elegimos —y los espacios que abrimos para sostenerlas— importan profundamente.


Por eso, en cada taller, más allá de los conceptos, siempre abrimos una conversación sobre las voces que están presentes… y las que no. Nos preguntamos, con los participantes: ¿quién no se está viendo reflejado en los libros que recomendamos, en las películas que mostramos, en los ejemplos que usamos en clase? ¿Qué historias siguen ausentes? ¿Qué experiencias aparecen solo narradas desde los estereotipos?


No es una reflexión menor. Porque cuando ciertas historias no circulan, o circulan de manera limitada y reducida, también estamos enseñando algo. Estamos enseñando quién pertenece, quién merece ser comprendido y quién debe adaptarse al silencio.


Desde hace un tiempo venimos trabajando con un recurso que llamamos Dani de Género y Jengibre, inspirado en la Persona de Género y Jengibre de Sam Killermann. Es una adaptación de las dimensiones de la identidad sexual y de género a un lenguaje sencillo, pensado para infancias entre los 4 y los 8 años. Funciona. Es claro. Es útil.


Pero, sentíamos que estaba incompleto. Le faltaba lo que hoy estamos conversando: una historia.


Ese componente humano que permite que las ideas no solo se entiendan, sino que se sientan. Que la conversación no empiece desde el concepto, sino desde la experiencia. Y que las preguntas no busquen definiciones, sino que se conviertan en búsquedas.


Por eso decidimos complementarlo y relanzarlo en versión cuento: Dani y Jengibre. Esta versión sigue incluyendo la guía sobre identidad sexual y de género, pero ahora tiene una apertura suave y, a la vez, poderosa a través de las preguntas que se hace Dani. Tiene también una guía para familias y otra para docentes, porque creemos que la historia no termina cuando se cierra el libro; ahí es donde empieza la conversación y se entreteje con las historias de quienes lo leen.


Sabemos que una historia no resuelve todos los retos que sentimos al tener conversaciones sobre diversidad sexual y de género con infancias y adolescencias. Pero también sabemos que puede abrir una puerta que antes no encontraba cómo empezar a abrirse.

¿Qué historia ha abierto una conversación importante en tu entorno? ¿Qué libro, cuento, cómic, poema o película te ha ayudado a hablar de temas complejos desde el cuidado?


Te leo en los comentarios.


Sigamos aprendiendo en compañía.

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