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Deporte, equidad y pertenencia: una conversación más amplia sobre estudiantes trans

Una reflexión sobre cómo pensamos la participación de estudiantes trans en los deportes escolares y qué valores queremos enseñar cuando hablamos de equidad.


Imagen creada con apoyo de IA
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La entrada de hoy tiene que ver con un anuncio reciente del Comité Olímpico Internacional sobre la participación en la categoría femenina de los Juegos Olímpicos. La nueva política vuelve a exigir pruebas genéticas de sexo para todas las mujeres deportistas que busquen competir en los Juegos Olímpicos.


Aunque el anuncio se presenta en nombre de la protección de la competencia femenina, vale la pena preguntarnos qué evidencia existe para justificar medidas de este tipo.

Hasta el momento, la evidencia científica disponible no permite concluir que la participación de mujeres trans produzca necesariamente una ventaja deportiva sobre mujeres cis o un desbalance automático en la competencia1. El rendimiento deportivo depende de múltiples factores —entre ellos el entrenamiento, la genética, el biotipo, la nutrición, la salud, el acceso a recursos y las oportunidades de desarrollo— y además, las diferencias corporales han sido siempre parte inherente del deporte.


También conviene poner el debate en perspectiva. A pesar de la enorme atención mediática que reciben estos debates, la participación de personas trans en los Juegos Olímpicos ha sido extremadamente limitada. Hasta la fecha, muy pocas atletas trans han competido en unos Juegos Olímpicos y ninguna ha dominado su disciplina ni ha generado evidencia de una ventaja sistemática sobre sus competidoras2.


En Colombia, la Corte Constitucional abordó recientemente esta discusión en la Sentencia T-179 de 2025, relacionada con la jugadora de voleibol Emiliana Castrillón. Tras revisar la evidencia disponible, la Corte concluyó que no existían pruebas suficientes para afirmar que su participación comprometiera las condiciones de equidad de la competencia. En cambio, consideró que restringir su participación únicamente por su condición de mujer trans constituía una forma de discriminación.


Por supuesto, esto no significa que las preguntas sobre equidad deportiva deban desaparecer. Significa que las respuestas no pueden partir de la presunción de que toda mujer trans representa una amenaza para la competencia femenina. Cuando la exclusión se basa únicamente en el sexo asignado al nacer y no en evidencia concreta sobre ventajas competitivas, el riesgo es terminar restringiendo derechos sobre la base de supuestos más que de hechos.


A esto se suma otra preocupación importante. El documento del International Consortium on Sex Testing in Sport advierte que medidas como las adoptadas por el COI no afectan únicamente a mujeres trans. También pueden exponer a mujeres y niñas cis y con variaciones en el desarrollo sexual (intersex) a mayores niveles de escrutinio, vigilancia, acoso, pruebas médicas innecesarias y vulneraciones de derechos.


Esta preocupación es especialmente importante porque el deporte ya ha sido históricamente un ámbito atravesado por la discriminación hacia las mujeres, muchas veces sostenida por estereotipos de género que asocian la fuerza, la competencia y el rendimiento con lo masculino. Mientras la categoría femenina ha sido sometida en distintos momentos a mecanismos de verificación y control, la categoría masculina nunca ha tenido una política equivalente de pruebas obligatorias. Estas prácticas ya han sido señaladas por su falta de sustento científico y por las vulneraciones de derechos que han producido. Por eso, medidas como estas pueden terminar comprometiendo aún más la participación de mujeres y niñas en el deporte3.


Aunque esta conversación parezca lejana a nuestro mundo cotidiano, porque se enfoca en deportistas de élite, sus efectos no se quedan en el alto rendimiento. Las decisiones que se toman en el deporte olímpico producen lenguaje, imaginarios y sospechas que después circulan en otros espacios: medios de comunicación, familias, patios de recreo, clases de educación física y equipos escolares.


En uno de los programas que llevamos a cabo en un colegio, un profesor compartió una inquietud que había surgido entre varias estudiantes. Decían que no tenían problema con que hubiera una niña trans en su curso, pero que no les parecía justo que pudiera jugar en sus mismos equipos deportivos porque, según ellas, “sin duda debía tener alguna ventaja” por haber sido asignada sexo masculino al nacer.


Esa frase muestra cómo se filtra el debate público en la vida escolar. Aunque en principio reconocen su lugar como compañera de clase, cuando la conversación pasa al deporte aparece una sospecha sobre su cuerpo. En lugar de pensar en la actividad deportiva como un espacio donde se construyen vínculos, confianza corporal, convivencia y sentido de pertenencia, entra una idea tomada del alto rendimiento: la niña trans como posible amenaza para la equidad. Cuando una estudiante trans o cualquier estudiante queda bajo sospecha antes de poder jugar, lo que se pone en juego es su posibilidad de participar, vincularse y sentirse parte del grupo.


Por eso, la respuesta del colegio no puede limitarse a resolver si esa estudiante “puede jugar” o no. También necesita revisar qué lugar ocupa el deporte dentro de su proyecto pedagógico. Si en el entorno escolar el deporte se entiende principalmente desde la competencia, el rendimiento y la posibilidad de ganar, es más fácil que la inclusión aparezca como una concesión o como una amenaza. Pero si se entiende como una experiencia formativa, entonces la pregunta cambia: ¿cómo hacemos para que el deporte enseñe cooperación, respeto, cuidado, participación y acogimiento de distintas experiencias de vida?


Como es ampliamente conocido, el deporte y la actividad física cumplen una función significativa en el desarrollo de las infancias y adolescencias. No solo por sus beneficios físicos, también ofrecen oportunidades para practicar habilidades como la regulación emocional, la confianza corporal, la resolución de conflictos, el respeto a otras personas y la cooperación. Además, investigaciones recientes han encontrado que la participación en deportes escolares, especialmente en deportes de equipo, puede relacionarse con menores síntomas depresivos en adolescentes, en parte porque fortalece el sentido de pertenenci4. No se trata solo de moverse o competir: para muchas personas, hacer parte de un equipo o participar en una actividad deportiva escolar es una forma concreta de sentirse parte de la vida en comunidad.


Diversas investigaciones sobre jóvenes LGBTQ+ y deporte escolar muestran precisamente esa tensión: participar en deportes puede estar asociado con mayor bienestar y mayor sentido de pertenencia escolar, pero las juventudes LGBTQ+ —y especialmente las juventudes trans y no binarias— participan menos que sus pares cisgénero y heterosexuales5. No necesariamente porque no quieran jugar o hacer parte de un equipo, sino porque muchas veces encuentran barreras que hacen que esos espacios se sientan inseguros, incómodos o directamente excluyentes.


Estadísticas de: Game Plan for Coaches, GLISTEN (2021)
Estadísticas de: Game Plan for Coaches, GLISTEN (2021)

Entre esas barreras aparecen el miedo al acoso, los comentarios discriminatorios, la falta de apoyo de personas adultas, la preocupación por el uso de baños y vestieres, los uniformes rígidos, las reglas que no reconocen su identidad, el temor a ser señaladas y la sensación de que su presencia será tratada como un problema para el grupo.


Estadísticas de: Game Plan for Coaches, GLISTEN (2021)
Estadísticas de: Game Plan for Coaches, GLISTEN (2021)

Cuando la evidencia muestra que muchas juventudes con orientaciones sexuales e identidades de género diversas ya participan menos y enfrentan más barreras, la respuesta desde los entornos educativos no debería ser aumentar la sospecha sobre ellas, sino reducir las barreras para que la experiencia deportiva pueda cumplir su función formativa.


En esa línea, organizaciones como GLISTEN y Sport Integrity Canada han insistido en que mejorar el clima de los deportes escolares es necesario para que estudiantes LGBTQ+ puedan participar plenamente en la vida escolar6. En un entorno cuyo propósito principal es formativo, los valores deportivos no pueden reducirse a competir y ganar; también deben incluir la participación, la cooperación, el respeto y la posibilidad de que todas las personas hagan parte. Esto implica formar a docentes, entrenadores y al personal escolar; intervenir frente al lenguaje discriminatorio; revisar políticas y prácticas de equipos; garantizar que las reglas no produzcan exclusiones innecesarias; y construir culturas deportivas donde la seguridad, el respeto y la pertenencia sean parte de la experiencia de todas las personas.


Volviendo al comentario de aquellas estudiantes, la pregunta pedagógica no sería solamente cómo responder si “tiene o no tiene ventaja”. También habría que abrir otras preguntas: ¿qué lugar ocupa el deporte en nuestro proyecto pedagógico?, ¿qué valores queremos que enseñe?, ¿de dónde viene esa idea de ventaja?, ¿qué imaginarios sobre los cuerpos trans están circulando?, ¿qué entienden por justicia?, ¿qué lugar le están ofreciendo a su compañera?, ¿cómo podemos hablar de equidad sin convertir la existencia de alguien en amenaza?


Ahí está el trabajo educativo.

¿Qué tendría que cambiar para que la primera reacción frente a una estudiante trans en un equipo deportivo no fuera la sospecha, sino la bienvenida?


Les leo en los comentarios.


Sigamos aprendiendo en compañía.




  1. Para obtener una cronología completa de las pruebas de sexo en el deporte, consulte este recurso recopilado por Human Rights Watch.




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