La violencia por orientación sexual, identidad y expresión de género (OSIEG) también es un asunto de protección escolar
- Monica Rozo

- 2 feb
- 4 min de lectura
Un espacio para conversar y acompañar el cuidado de las infancias y adolescencias

Como les comenté en mi primera entrada, hace poco leí un artículo escrito por Chloe Watterston y publicado en la plataforma Belonging Effect que resonó mucho conmigo.
El artículo —contextualizado en Gran Bretaña— habla del racismo como un asunto de protección escolar. Su idea central es que ignorar el racismo no protege a los estudiantes; por el contrario, perpetúa el daño. Y aunque esto pueda sonar obvio, pareciera no reflejarse en muchas de las acciones que emprenden las instituciones educativas.
Mientras leía, no podía dejar de pensar en lo aplicable que resulta el análisis de Chloe cuando hablamos de la violencia y discriminación por orientación sexual, identidad y expresión de género en los colegios colombianos. El mensaje de Chloe, adaptado a esta problemática, iría algo así:
“Los colegios suelen enorgullecerse —con razón— de ser espacios seguros. Sin embargo, para muchos estudiantes esa promesa no siempre se cumple. Las infancias y adolescencias con orientaciones sexuales e identidades o expresiónes de género diversas son expuestas a violencias en entornos digitales, marginadas en las aulas, los pasillos y los patios de recreo, y silenciadas cuando intentan hablar de sus experiencias.
Ignorar esta violencia no protege. Silenciarla no cuida. Tratarla como algo ‘menor’ o como ‘algo que siempre ha ocurrido’ no la hace desaparecer.
Cuando hablamos de políticas de protección escolar, generalmente pensamos en protocolos, seguridad digital o estrategias contra el acoso escolar. Todo esto es importante, muy importante. Sin embargo, rara vez la violencia y la discriminación por orientación sexual, identidad y expresión de género reciben la misma urgencia. Con frecuencia se tratan como ‘problemas de comportamiento’, ‘temas sensibles’ o asuntos privados, en lugar de reconocerse como amenazas directas al bienestar.
Vivir experiencias de violencia o discriminación por orientación sexual, identidad o expresión de género en la infancia y la adolescencia es profundamente dañino. Afecta la salud mental, erosiona la autoestima, incrementa el riesgo de aislamiento y dificulta los procesos de aprendizaje.
Cuando los colegios no actúan —cuando minimizan, postergan o evitan estas conversaciones— pueden convertirse, incluso sin quererlo, en escenarios que reproducen y profundizan ese daño.
Cuando una institución educativa silencia estas experiencias o se niega a nombrarlas, deja de ser un espacio seguro.
Las prácticas de prevención de la discriminación y la violencia por orientación sexual, identidad y expresión de género deben formar parte de las políticas de protección escolar, de la formación del personal, de la cultura institucional y de las conversaciones con las familias y dentro de los salones. Ningún estudiante debería sentir que su identidad es ‘demasiado controversial’ para ser nombrada ni que sus experiencias de violencia o exclusión serán ignoradas.”
Algo que me parece especialmente importante del llamado que hace Chloe es entender que las prácticas de prevención no pueden ser un “extra”. No pueden depender de la buena intención de un docente o de una iniciativa aislada.
Si de verdad queremos que estas conversaciones transformen la cultura institucional, tienen que formar parte de las políticas de protección escolar y de la formación del personal.
Porque, ¿quién, si no el personal escolar, está llamado a sostener estas conversaciones en el día a día?
¿Quién acompaña a los estudiantes cuando algo pasa?
¿Quién media, interviene, escucha y nombra?
Sin embargo, a los colegios —y a las personas adultas que ponen el cuerpo, la mente y el corazón en ellos— se les exige, con razón, que sean lugares seguros para todxs lxs estudiantes, sin que muchas veces se les haya brindado el acompañamiento, la capacitación o las herramientas necesarias para hacerlo.
Entonces aparece algo que oímos todo el tiempo:
“Queremos hacerlo bien, pero no sabemos cómo.”
Cuando entramos a los colegios, solemos encontrarnos con profesionales llenos de ganas, intenciones y compromiso. Personas que realmente quieren que el entorno escolar sea inclusivo, respetuoso, seguro y acogedor para todxs lxs estudiantes, incluyendo a quienes tienen orientaciones sexuales e identidades de género diversas. Y, al mismo tiempo, con equipos que sienten que ya lo han intentado todo, que no saben qué más hacer y que tienen miedo de equivocarse.
No es desinterés lo que hay en los colegios. Es un llamado a ser acompañados.
Un llamado a recibir conciencia, conocimiento, lenguaje, herramientas y, sobre todo, empoderamiento. Porque ampliar la mirada y el repertorio de acciones posibles transforma de manera profunda lo que una institución está en capacidad de hacer.
Chloe cierra su artículo con una idea que me parece clave: el racismo —así como la discriminación y la violencia por orientación sexual e identidad de género— no son solo comportamientos indeseados o casos aislados de acoso escolar.
Son prácticas culturales profundamente arraigadas.
Y por eso no pueden abordarse con proyectos aislados o iniciativas ocasionales.
Necesitan ser tratadas de manera estructural, sostenida y coherente. Necesitan estar embebidas en la infraestructura misma de la educación: en sus políticas, en la formación de su personal, en su lenguaje cotidiano y en su cultura institucional.
Si llegaste hasta aquí, quizás algo de esto te incomodó, resonó contigo o te dejó pensando.
Eso, me parece, es un muy buen punto de partida.
Gracias por aprender en compañía.
¿Qué crees que está faltando hoy en los colegios para que la violencia y la discriminación por orientación sexual e identidad de género sean abordadas realmente como un asunto de protección y cuidado, y no solo como un “problema de comportamiento”?
Te leo en los comentarios.




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