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Lo que la manósfera nos está mostrando sobre los mandatos que siguen intactos

El "Código del Chico" y lo que los colegios no pueden seguir ignorando


Imagen de la serie "Adolescencia", de Netflix
Imagen de la serie "Adolescencia", de Netflix

En uno de los últimos colegios con los que trabajamos surgió un interés —y una preocupación genuina— por entender mejor la llamada manósfera. Lxs docentes con quienes estábamos manifestaron su inquietud por cómo esta empieza a aparecer en las actitudes, creencias y discursos de niños y jóvenes: ideas y comentarios que se vuelven más radicales, una mayor dureza y, al mismo tiempo, invisibilización de las mujeres, de la diversidad y de las emociones.


A partir de ese interés, volví a revisar la última conferencia de educación sexual organizada por Amaze.org, Sex Ed. Con 2025, que abordó específicamente este tema. En uno de los paneles —con participación de Equimundo y Futures Without Violence— lxs panelistas insistieron en que la manosfera no es algo tangible y concreto. No es una plataforma específica que podamos bloquear y listo. Es una red extensa de espacios digitales, alrededor del deporte, la superación personal, el éxito y la generación de dinero, que capta la atención de niños y jóvenes que están, genuinamente, buscando pertenencia, orientación, propósito y respuestas a problemáticas reales como la frustración o la soledad.


El problema no es que estas redes reconozcan y nombren ese malestar. El problema es que, como respuesta, muchas no ofrecen acompañamiento, vínculos ni herramientas reales, sino que refuerzan lo que la Dra. Elizabeth Schroeder —quien estuvo a cargo de la conferencia magistral— denomina el “Código del Chico”.


La Dra. Schroeder usa este término para referirse al conjunto de mandatos culturales que aún hoy dictan cómo “debe” ser un hombre para ser aceptado: fuerte, autosuficiente, dominante, racional, invulnerable. En ese código no hay espacio para la tristeza, el miedo, la duda, la ternura ni la necesidad de apoyo.


Desde muy temprano, muchos niños aprenden que mostrar emociones es signo de debilidad, que pedir ayuda es fracasar y que todo lo que se asocie con lo “femenino” debe ser evitado o ridiculizado. Este código no solo limita la expresión emocional, sino que también empuja a los niños y jóvenes a resolver el malestar a través del control, la dureza o la desconexión emocional.


La manosfera se aprovecha de ese vacío. Toma el dolor real que produce este código y lo traduce en narrativas que prometen poder y superioridad, en lugar de ofrecer herramientas para construir vínculos, reconocer emociones o pedir apoyo. Así, muchos niños y jóvenes terminan aún más aislados, desconfiados y sin un lenguaje emocional que les permita entender lo que les está pasando.


¿Y qué gana la manósfera con todo esto?


Atención, lealtad y permanencia. Gana audiencias cautivas que regresan una y otra vez porque allí encuentran explicaciones simples a malestares complejos. Gana influencia sobre cómo estos niños y jóvenes interpretan el mundo, las relaciones y a sí mismos. Y todo esto implica que también gana dinero, poder y capacidad de movilización, a partir de comunidades que se sostienen desde el enojo, el resentimiento y la exclusión, más que desde el cuidado o la conexión.


Nombrar el Código del Chico no es excusar comportamientos dañinos ni relativizar violencias. Es reconocer que muchos niños y hombres crecen atrapados en mandatos que también los lastiman y que, mientras estos mandatos sigan intactos, seguirán apareciendo espacios que capitalizan ese malestar de formas peligrosas.


Mientras escuchaba todo esto por segunda vez, pensaba en un libro que estoy leyendo: Whipping Girl: El Sexismo y la Demonización de la Feminidad Desde el Punto de Vista de una Mujer Trans, de la escritora, bióloga y activista transgénero Julia Serano. En él, ofrece varios conceptos que me parecen muy relevantes para esta conversación.


Serano habla del sexismo tradicional, entendido como la idea de que lo masculino es superior a lo femenino. De esta concepción nacen la misoginia y la transmisoginia: el desprecio, la burla o la violencia hacia todo aquello que se asocia con la feminidad.


También define el sexismo oposicional, según el cual solo existen dos categorías rígidas —hombre y mujer— con atributos opuestos y excluyentes. Desde aquí se ridiculiza a los hombres que expresan emociones, cuidado o vulnerabilidad, y se castiga a quienes se salen de la norma, ya sea por su identidad de género o por su orientación sexual.


La autora señala que, cuando estos dos sistemas se combinan, se refuerza la idea de que quienes encarnan lo “masculino” tienen poder sobre quienes encarnan lo “femenino”, y que solo quienes fueron asignados masculinos al nacer serán vistos como hombres “legítimos”.


El Código del Chico y la manosfera se alimentan directamente de estas ideas. Ofrecen pertenencia a cambio de rigidez. Prometen control a cambio de negar emociones. Canalizan el dolor hacia la culpa ajena: las mujeres, el feminismo, las personas LGBTQ+. No invitan a ampliar la humanidad; invitan a estrecharla.


Serano afirma que, bajo estas lógicas, se vuelve imposible empoderar a las mujeres sin ridiculizar a los hombres: que las mujeres estén empoderadas o sean poderosas pasa a leerse como que los hombres son débiles o han perdido poder. Por eso plantea que la única forma de alcanzar una equidad de género real - para todos los géneros - es abolir tanto el sexismo tradicional como el sexismo oposicional, ya que ninguna forma de equidad puede existir mientras no trabajemos primero en empoderar la feminidad en sí misma.


Al final, todas estas reflexiones terminan llevándome de vuelta a los colegios y a cuál puede ser su aporte en este camino hacia la equidad de género. Su aporte en combatir la manosfera y el código del chico. En combatir el sexismo tradicional y oposicional.


Si algo nos muestran la experiencia en los colegios y las voces de la Dra. Schroeder y de lxs panelistas de Amaze, Equimundo y Futures Without Violence, es que no podemos esperar a que estos mandatos se consoliden para empezar a nombrarlos. El Código del Chico se aprende temprano. Se filtra en los juegos, en los chistes, en lo que se permite y en lo que se sanciona. En lo que se celebra y en lo que se ridiculiza.


Así como hoy promovemos —con razón— conversaciones con niñas y jóvenes que se identifican como mujeres sobre los estereotipos femeninos que las limitan o les hacen daño, necesitamos abrir espacios similares con niños, jóvenes y personas que se identifican como hombres. Espacios donde puedan cuestionar los mandatos que también los limitan y los lastiman. Mandatos que les dicen que no deben llorar, que no deben necesitar a nadie, que no deben mostrarse vulnerables, que no deben parecer “femeninos”.


La Dra. Schroeder señala que no se trata de decirles qué no deben ser, sino de ampliar lo que pueden ser. De ofrecerles un lenguaje emocional más amplio, modelos diversos de masculinidad y adultos dispuestos a sostener conversaciones incómodas sin burlas ni castigos. Porque cuando esos espacios no existen en el colegio o en la familia, otros espacios —mucho menos cuidadosos— los ocupan. Necesitamos ofrecer alternativas reales y amplias para que no terminen volcándose hacia redes como la manosfera.


Nada de esto es sencillo. Requiere tiempo, formación y disposición a incomodarnos. Pero es también una de las formas más potentes de prevención. Porque cuando ayudamos a los niños y jóvenes a poner en palabras lo que sienten, a pedir apoyo y a reconocer sus emociones como legítimas, reducimos el terreno fértil para los discursos que canalizan el dolor hacia la violencia, el desprecio o la exclusión.


Trabajar por la equidad de género no se trata solo de proteger a quienes históricamente han sido vulneradxs. Es también interrumpir los mandatos que dañan a quienes crecieron creyendo que no podían sentir, cuidarse, cuidar ni ser cuidados. Y los colegios —si cuentan con las herramientas, el acompañamiento y la formación necesaria— pueden ser uno de los espacios más importantes para empezar a hacerlo.


Las organizaciones Amaze, Equimundo, Futures Without Violence y LinkUp Lab vienen trabajando de manera profunda y sostenida en la intersección entre género, educación, cuidado y prevención de la violencia. Sus recursos, investigaciones y conversaciones pueden ser un gran apoyo para quienes queremos seguir aprendiendo y acompañando mejor a las infancias y adolescencias.


¿Qué estrategias —en el salón, en el recreo, en las conversaciones cotidianas o en la relación con las familias— podrían ayudarnos a ofrecer a niños y jóvenes una mirada más amplia, humana y cuidadosa sobre el llamado “Código del Chico”?


Te leo en los comentarios.


Sigamos aprendiendo en compañía.

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