¿Qué puede enseñarle el mes del orgullo a los colegios?
- Monica Rozo

- 17 jun
- 4 min de lectura
Una reflexión sobre derechos humanos, memoria, ciudadanía y los aprendizajes que pueden surgir cuando comprendemos qué es lo que realmente conmemora el orgullo.

Junio suele asociarse con el mes del orgullo. Durante estas semanas es común encontrarnos con banderas, publicaciones, campañas, recomendaciones de libros, eventos y conversaciones relacionadas con la diversidad sexual y de género.
En medio de todo eso, muchas personas se preguntan qué es exactamente lo que se celebra durante el mes del orgullo. Y pueden surgir preguntas como: ¿por qué existe un mes del orgullo LGBTIQ+? o ¿por qué no existe un mes equivalente para las personas heterosexuales?
Entender el origen de esta fecha ayuda a responder ambas preguntas. Muchas de las fechas que hoy ocupan un lugar importante en nuestros calendarios nacieron como formas de recordar luchas sociales y procesos de reconocimiento de derechos. El Día Internacional de la Mujer, el Día Internacional del Trabajo o el Día Internacional de los Derechos Humanos son algunos ejemplos. No son solo fechas para celebrar. También son momentos para recordar de dónde vienen ciertos derechos, qué luchas los hicieron posibles y qué desafíos siguen pendientes.
El mes del orgullo también nace de una historia de lucha por derechos y reconocimiento.
Su origen está asociado a décadas de discriminación, criminalización e invisibilización de personas lesbianas, gays, bisexuales, trans y de otras orientaciones sexo-afectivas e identidades de género diversas. También a las luchas que han sostenido para poder vivir sin esconderse, con dignidad, seguridad, libertad e igualdad de derechos.
Mirado desde esta perspectiva, el orgullo no surge como una invitación a exagerar o privilegiar las diferencias. Nace como respuesta a una historia en la que esas diferencias fueron convertidas en motivo de vergüenza, silencio, criminalización o exclusión; una historia en la que muchas personas recibieron el mensaje de que aquello que sentían, quienes eran o la persona a quien amaban debía ocultarse.
Con el tiempo, esa respuesta también fue tomando forma de celebración. No porque el dolor desapareciera, sino porque una parte importante de la lucha ha sido reivindicar el derecho a no vivir desde la vergüenza. Sentirse orgulloso de quien se es, ocupar el espacio público sin miedo y amar sin esconderse son también formas de decir que esas vidas no tienen que ocultarse, y que merecen alegría, vínculos, futuro y libertad.
Reconocer esa historia permite entender junio, y el lugar del mes del orgullo en los colegios, como una oportunidad para revisar intencionalmente cómo se construyen en los espacios educativos el reconocimiento, el respeto, la inclusión y el acogimiento de todas las diferencias, incluyendo aquellas asociadas a la sexualidad y el género.
Una de las primeras preguntas que esa reflexión puede abrir tiene que ver con la manera en que abordamos los derechos humanos en la educación.
Hablar de derechos humanos va más allá de memorizar declaraciones, tratados o fechas históricas. Implica reconocer que muchos de los derechos que hoy parecen evidentes son el resultado de procesos sociales, culturales y políticos que no ocurrieron de un día para otro. Son conquistas construidas por personas reales, con vidas, miedos y esperanzas, que en distintos momentos de la historia cuestionaron formas de exclusión que parecían normales para su época.
En muchos colegios reconocemos la importancia de estudiar movimientos sociales como la abolición de la esclavitud, los movimientos por los derechos civiles, las luchas obreras o el sufragio femenino. No porque todos los estudiantes vayan a convertirse en activistas de esas causas, sino porque esas historias les ayudan a entender cómo se construyen las democracias y cómo evolucionan nuestras sociedades e ideas sobre ciudadanía, dignidad y participación.
La historia de las personas LGBTQ+ también forma parte de esa conversación. Sin embargo, con frecuencia permanece ausente, como si no formara parte de los procesos sociales, culturales y políticos de nuestras sociedades. El mes del orgullo puede ser entonces una oportunidad para revisar esa ausencia. Porque cuando una lucha social queda fuera de las conversaciones sobre derechos humanos, ciudadanía y democracia, corremos el riesgo de transmitir la idea de que se trata de una historia secundaria o ajena a la construcción de nuestras sociedades.
Incluir esta lucha dentro del estudio de los derechos humanos y de los movimientos sociales no significa desplazar otras historias ni reducir la conversación a una sola población. Significa reconocer que los derechos de las personas LGBTIQ+ también hacen parte de la historia de la democracia, la ciudadanía y la dignidad humana.
Otra reflexión que podemos hacernos, aprovechando la invitación del mes del orgullo, tiene que ver con los símbolos que utilizamos para hablar de identidad, pertenencia y memoria colectiva.
En muchas áreas del proyecto escolar ya estudiamos símbolos de identidad y pertenencia: banderas, escudos, himnos e insignias nacionales, institucionales o deportivas que distintas comunidades usan para reconocerse y expresar aquello que consideran valioso.
Las banderas y símbolos asociados a la diversidad sexual y de género también pueden abordarse de esta manera: como expresiones de historias, experiencias, luchas y comunidades. Preguntarse por su origen, por los significados que las personas les atribuyen o por las circunstancias históricas en las que aparecieron permite comprender mejor el contexto en el que surgieron.
Así como una bandera nacional puede contar una historia sobre independencia, identidad o memoria colectiva, los símbolos del orgullo también hablan de luchas por el reconocimiento y de la búsqueda de espacios donde más personas puedan vivir con libertad, seguridad y dignidad.
Mirados desde esta perspectiva, los símbolos del orgullo dejan de ser únicamente elementos asociados a una celebración particular. También pueden ser una oportunidad pedagógica para conversar sobre identidad, comunidad, memoria, derechos humanos y participación social.
En un momento en el que muchos colegios se preguntan cómo formar estudiantes capaces de participar en sociedades cada vez más diversas, abrir espacio para la historia del orgullo puede ayudarles a comprender mejor el mundo en el que viven y las responsabilidades que implica construir comunidades más justas, democráticas e incluyentes.
¿Qué movimientos sociales recuerdas haber estudiado en tu paso por la escuela? ¿Formaba parte de ellos la historia del orgullo?
Les leo en los comentarios.
Sigamos aprendiendo en compañía.




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