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Cómo aprovechar el regreso a clases: herramientas para estudiantes y familias

Ideas para conocer mejor el entorno escolar, construir vínculos de confianza, cuidar la privacidad y saber qué hacer cuando necesitamos apoyo.


Imagen generada con apoyo de IA
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En nuestra entrada anterior hablamos del regreso a clases como una oportunidad para fortalecer el entorno escolar. Nos dirigimos especialmente a quienes lideran, enseñan, acompañan y trabajan en las instituciones educativas porque las personas adultas y los colegios tienen una responsabilidad fundamental en la construcción de espacios donde todas las infancias y adolescencias puedan aprender, relacionarse y desarrollarse sintiéndose seguras, respetadas y valoradas.


Pero el regreso a clases también se vive desde otro lugar. Para estudiantes y familias, volver al colegio significa reencontrarse con personas y espacios conocidos, adaptarse a nuevos profesores o compañeros, retomar rutinas y descubrir lo que traerá el nuevo semestre. Para algunas personas será un regreso esperado con entusiasmo; para otras puede venir acompañado de incertidumbre, especialmente cuando existen preguntas sobre cómo serán recibidas, si podrán mostrarse tal como son, qué ocurrirá frente a una situación de discriminación o con quién podrán contar si necesitan ayuda.


Estas preguntas pueden adquirir una relevancia particular para estudiantes con orientaciones sexuales o identidades de género diversas. Ofrecerles herramientas para conocer su entorno, identificar apoyos y saber qué hacer cuando necesitan ayuda puede ayudarles a transitar estas experiencias con mayor confianza. Esto no significa trasladarles responsabilidades que corresponden a las personas adultas y a las instituciones educativas. Ningún estudiante debería tener que aprender a protegerse de la discriminación o de situaciones que vulneren sus derechos porque el colegio no sabe cómo intervenir, explicar su identidad para recibir un trato digno o convertirse en activista para que su comunidad reconozca sus derechos.


Desde esa perspectiva, el comienzo del semestre puede ser una buena oportunidad para que estudiantes y familias se familiaricen con los recursos y apoyos disponibles, abran conversaciones sobre cómo están viviendo el regreso y cuenten con mayor claridad sobre qué pueden hacer si necesitan acompañamiento. Las recomendaciones que compartimos a continuación buscan ofrecer algunos puntos de partida para hacerlo.


1. Conocer el entorno escolar y cómo funciona

Pasamos una parte importante de nuestras vidas en el colegio y, sin embargo, no siempre conocemos cómo funciona cuando necesitamos algo más que asistir a una clase. ¿Sabemos dónde encontrar el Manual de Convivencia? ¿Conocemos qué dice sobre el acoso y la discriminación? ¿Sabemos qué hacer si ocurre una situación que afecta nuestros derechos o a qué persona acudir si necesitamos apoyo?


Conocer estas respuestas no debería requerir que exista primero un problema. Al comenzar el semestre, estudiantes y familias pueden aprovechar para familiarizarse con el Manual de Convivencia, las rutas de atención, el Comité de Convivencia Escolar y las personas o dependencias responsables de acompañar distintas situaciones. También pueden observar cómo aparecen reflejados en la vida institucional valores como el respeto, la inclusión y el reconocimiento de la diversidad.


Esto resulta especialmente importante para estudiantes LGBTIQ+. Conocer qué establece el colegio frente al acoso y la discriminación por orientación sexual o identidad de género, qué apoyos existen y cómo acceder a ellos puede ofrecer mayor claridad sobre qué esperar de la institución y qué hacer si alguna vez necesitan acompañamiento.


Hay algo importante detrás de esta recomendación: esta información debería ser fácil de encontrar. Y no se trata únicamente de una buena práctica. En Colombia, la Ley 1620 de 2013 y su reglamentación establecen responsabilidades concretas para que las instituciones educativas cuenten con un Manual de Convivencia que incorpore la Ruta de Atención Integral y sus protocolos, lo revisen y ajusten periódicamente y garanticen su divulgación y socialización con la comunidad educativa. La normativa también establece que estas rutas deben permitir una atención oportuna cuando se presentan situaciones que afectan la convivencia o los derechos de los estudiantes.

Por eso, estudiantes y familias pueden preguntar dónde consultar el Manual de Convivencia, cuáles son las rutas de atención, cómo funcionan y a qué personas o dependencias pueden acudir cuando necesitan apoyo. Si la información no está disponible, no resulta clara o aparecen respuestas contradictorias, pueden pedir al colegio que les oriente y aclare estos mecanismos. Conocerlos y poder acceder a ellos no debería depender de que primero ocurra una situación de acoso o discriminación.


2. Saber con quién contamos

No todas las dificultades necesitan convertirse inmediatamente en un proceso institucional. A veces, lo primero que necesitamos es una persona con quien hablar.


Puede ser un docente, alguien del equipo de orientación, una coordinación, un entrenador, una persona de la biblioteca o cualquier integrante del personal escolar con quien el estudiante sienta comodidad hablando y que haya mostrado disposición para escuchar, tomar en serio sus preocupaciones y buscar otros apoyos cuando sean necesarios.


Contar con una persona adulta de confianza puede ser especialmente valioso para estudiantes LGBTIQ+. Puede ofrecer un espacio para hablar sobre lo que están viviendo, escuchar sus preocupaciones sin juzgar ni minimizar, ayudarles a pensar qué hacer frente a una situación difícil y orientarles hacia otros recursos o apoyos cuando sea necesario. También puede convertirse en un punto de apoyo cuando aparecen situaciones de intimidación, acoso o discriminación, ayudando a que el estudiante no tenga que enfrentarlas en soledad y a que reciba el acompañamiento adecuado.


Identificar quién podría ser esa persona no siempre es sencillo. La confianza suele construirse con el tiempo y no existe una señal que permita saber con certeza cómo responderá alguien ante una conversación difícil. Sin embargo, podemos prestar atención a algunas pistas en las interacciones cotidianas. Una persona adulta que escucha sin apresurarse a juzgar, toma en serio lo que dicen los estudiantes, interviene frente a una burla o un comentario discriminatorio, habla con respeto sobre personas y familias diversas y reconoce cuando no sabe algo puede dar señales de que será capaz de acompañar una conversación con cuidado. También importa observar si respeta la privacidad de los estudiantes y si, cuando necesita involucrar a otras personas, explica por qué y qué ocurrirá a continuación.


Las familias pueden prestar atención a esas mismas señales en sus interacciones con el personal escolar, pero también escuchar lo que las infancias y adolescencias de su familia ya saben sobre las personas adultas con quienes conviven todos los días. En lugar de decidir por ellas quién debería ser su persona de confianza, pueden preguntar: “¿Hay alguna persona adulta en el colegio con quien sientas que puedes hablar?”, “¿quién te escucha cuando tienes un problema?” o “¿a quién acudirías si necesitaras ayuda?”. Es posible que ya existan relaciones de confianza que las familias no conocen.


Si todavía no existe una persona así, tampoco debería recaer únicamente en el estudiante la tarea de encontrarla. Las familias pueden preguntar al colegio qué personas o equipos están preparados para acompañar este tipo de situaciones y, cuando sea apropiado, ayudar a construir ese vínculo antes de que aparezca una dificultad. El comienzo del semestre puede ser un buen momento para identificar esos apoyos y abrir canales de comunicación.


3. Preguntar, escuchar y acompañar

Cuando preguntamos a las infancias o adolescencias cómo les fue en el colegio, muchas veces obtenemos una respuesta breve: “bien”. A veces la pregunta es demasiado amplia para abrir una conversación sobre todo lo que ocurrió durante el día. Otras veces necesitamos construir, poco a poco, espacios donde hablar de lo que se vive en el colegio resulte natural y no ocurra únicamente cuando aparece un problema.


El comienzo del semestre puede ser una buena oportunidad para abrir esas conversaciones de maneras más específicas. ¿Qué es lo que más te emociona de volver? ¿Hay algo que te preocupe? ¿Con quién te sientes bien en el colegio? ¿Hay algún lugar o momento del día que te resulte difícil? ¿Hay algo que quisieras que yo supiera o hiciera si alguna vez tienes un problema? No se trata de convertir cada regreso a casa en un interrogatorio, sino de mostrar interés y dejar abierta la posibilidad de hablar tanto de lo que está funcionando bien como de aquello que genera incomodidad o preocupación.


Cuando finalmente nos cuentan algo difícil, a muchas personas adultas se nos activa casi inmediatamente el impulso de resolver. Queremos proteger, encontrar una explicación, ofrecer un consejo, llamar al colegio o decidir cuál debería ser el siguiente paso. Ese impulso suele nacer del cuidado y puede ser necesario en algunas situaciones, especialmente cuando existe un riesgo para el bienestar o los derechos de una infancia o adolescencia. Pero no todas las conversaciones necesitan comenzar con una solución.


A veces acompañar significa preguntar más y afirmar menos. Antes de concluir qué ocurrió, qué significa o qué debería hacerse, podemos intentar comprender mejor: “¿eso que ocurrió, cómo te hizo sentir?”, “¿qué es lo que más te preocupa de esto?”, “¿qué has pensado hacer?” o “¿qué necesitas de mí en este momento?”. Preguntar no significa dejar toda la responsabilidad en manos del estudiante, sino evitar que nuestras interpretaciones y soluciones aparezcan antes de haber entendido su experiencia.


También podemos aprender a sostener una conversación sin sentir que tenemos que resolverla inmediatamente. Una infancia o adolescencia puede necesitar primero ser escuchada, ordenar lo que siente o simplemente comprobar que puede contarnos algo difícil sin que la situación escape de sus manos. En esos momentos, frases como “gracias por contármelo”, “quiero entender mejor” o “podemos pensar juntos qué hacer” pueden abrir más espacio que una respuesta inmediata sobre cuál debería ser la solución.

Esto cobra una relevancia especial en conversaciones relacionadas con la diversidad sexual y de género. Si un estudiante comparte una inquietud sobre su identidad, una relación, algo que ocurrió en el colegio o la manera en que otras personas le están tratando, nuestra primera tarea no necesariamente es definir qué significa, comunicarlo a otras personas o decidir qué debe suceder después. Podemos empezar por escuchar, hacer preguntas abiertas y entender qué necesita y qué espera de nosotros.


Por supuesto, escuchar no significa permanecer pasivos cuando existe acoso, discriminación, violencia o una situación que requiere la intervención de las personas adultas. Significa que, siempre que sea posible, la acción viene después de comprender y se construye con el estudiante, no simplemente sobre el estudiante.


4. Respetar la privacidad y los tiempos de cada persona

A medida que las infancias y adolescencias crecen, van decidiendo qué aspectos de su vida quieren compartir, con quién y en qué momento. Aprender a acompañar esas decisiones forma parte de construir relaciones de confianza. Saber algo porque alguien decidió contárnoslo no significa necesariamente que esa información nos pertenezca ni que tengamos autorización para compartirla con otras personas.


Esto cobra una importancia particular cuando hablamos de orientación sexual o identidad de género. Un estudiante puede haber hablado sobre su identidad con algunas amistades, pero no con otras; puede haberlo conversado en casa, pero no querer hacerlo todavía en el colegio; o puede sentir comodidad hablando con un docente específico sin querer que esa información sea conocida por el resto del personal escolar. También puede estar explorando lo que siente y no querer ponerle un nombre todavía.


Como ocurre con otra información personal y sensible, decidir si quiere compartir su orientación sexual o identidad de género, cuándo hacerlo y con quién es una decisión que corresponde a cada persona. Para las familias y el personal escolar, acompañar este proceso implica cuidar lo que hacemos con la información que recibimos. A veces las personas adultas compartimos algo con la intención de ayudar: queremos poner al tanto a un docente, pedir orientación, anticiparnos a una dificultad o asegurarnos de que otras personas sepan cómo acompañar. Pero incluso cuando la intención es proteger, hacer circular información personal más allá de lo necesario puede tener consecuencias que no habíamos previsto y puede afectar la confianza que hizo posible que esa información nos fuera compartida en primer lugar.


Por eso, antes de contar a otra persona algo que nos ha sido confiado sobre la orientación sexual, identidad de género u otra información personal, puede ser útil detenernos y preguntarnos: ¿realmente necesito compartir esto? ¿Con quién? ¿Para qué? ¿Tengo autorización para hacerlo? ¿Es seguro compartirlo? ¿Qué podría pasar si esta información circula más de lo necesario? Estas preguntas no buscan impedir que las personas adultas actuemos cuando sea necesario, sino ayudarnos a distinguir entre la información que realmente necesita compartirse para acompañar o proteger y aquella que puede permanecer en el espacio de confianza en el que fue entregada.


Cuando sea necesario involucrar a otras personas, debemos procurar hacerlo con la participación del estudiante. Podemos explicarle por qué creemos que es necesario buscar apoyo, conversar sobre quién necesita conocer la información, acordar qué se va a compartir y anticiparle qué puede ocurrir después. Si una situación exige actuar incluso cuando este preferiría que no lo hiciéramos, por ejemplo, porque existe un riesgo para su seguridad o una situación que requiere activar mecanismos de protección, sigue siendo posible e importante escuchar y considerar sus preocupaciones, explicarle nuestras responsabilidades y procurar que conserve tanta participación y capacidad de decisión como sea posible.


Puede ocurrir que una infancia o adolescencia nos confíe información y no sepamos qué hacer con ella o tengamos dudas sobre cómo proceder. En esos casos, buscar orientación puede ser una buena decisión. Podemos consultar con profesionales u organizaciones con experiencia en diversidad sexual y de género, protección de derechos o acompañamiento a infancias y adolescencias, procurando compartir únicamente la información necesaria y preservando la privacidad del estudiante.


5. Saber qué hacer cuando algo no está bien

A lo largo de la vida escolar pueden aparecer conflictos, desacuerdos o momentos incómodos que forman parte de aprender a convivir con otras personas. Pero también existen situaciones que no deberían normalizarse ni asumirse como algo que un estudiante tiene que aprender a soportar. Las burlas, los comentarios despectivos, la exclusión, la intimidación, el acoso, la discriminación o cualquier situación que vulnere sus derechos requieren atención.


Para un estudiante, reconocer que algo no está bien no siempre es sencillo. Puede preguntarse si lo que ocurrió fue “lo suficientemente grave”, temer que contar empeore la situación, pensar que las personas adultas no le creerán o preocuparse por ser señalado después. Esto puede ser especialmente complejo cuando lo ocurrido está relacionado con su orientación sexual, identidad o expresión de género y pedir ayuda implica hablar de información que quizás no quiere compartir con otras personas.


Por eso, una de las herramientas más importantes que podemos ofrecerles es recordarles que no necesitan tener completamente claro qué nombre ponerle a una situación ni demostrar que es suficientemente grave antes de pedir ayuda. Si algo les hace sentir inseguros, les preocupa o interfiere con su posibilidad de participar y estar tranquilos en el colegio, pueden hablar con una persona adulta de confianza. Pedir ayuda puede ser justamente el primer paso para comprender qué está ocurriendo y qué respuesta necesita.


En Colombia, la Ley 1620 de 2013 y su reglamentación establecen responsabilidades para las instituciones educativas frente a situaciones que afectan la convivencia escolar y los derechos de las infancias y adolescencias. Las instituciones deben contar con mecanismos para identificar, atender y hacer seguimiento a estas situaciones. Acudir a ellos no es generar un problema ni exagerar una situación: es utilizar mecanismos creados precisamente para que estudiantes puedan recibir protección y acompañamiento cuando los necesitan.


Las familias pueden acompañar este proceso escuchando primero al estudiante para comprender qué ocurrió y qué necesita, y ayudándole a decidir cómo llevar la situación al colegio. Cuando se hace un reporte, pueden pedir claridad sobre qué ruta se activará, quién será responsable de acompañar el proceso, qué acciones se tomarán, cómo se protegerá al estudiante mientras se atiende la situación y de qué manera se hará seguimiento. También pueden pedir que el reporte, las acciones acordadas y los próximos pasos queden registrados por escrito, y solicitar una copia o constancia de ese registro. Esto permite tener claridad sobre lo informado y lo acordado y facilita hacer seguimiento a la respuesta institucional. Si lo ocurrido involucra información sensible sobre orientación sexual o identidad de género, también es importante preguntar quién necesitará conocer esa información, para qué y cómo se protegerá su confidencialidad, y dejar claridad sobre estos acuerdos en el registro.


Puede ocurrir que una familia o estudiante reporte una situación y no encuentre una respuesta clara, que el problema continúe o que las medidas adoptadas no estén protegiendo adecuadamente al estudiante. En esos casos, vale la pena preguntar qué acciones se han tomado, solicitar seguimiento y dejar registro de las comunicaciones con la institución. Si la situación persiste, la respuesta del colegio resulta insuficiente o existen dudas sobre el cumplimiento de sus responsabilidades, las familias y estudiantes pueden acudir a la Secretaría de Educación correspondiente para solicitar orientación y, cuando sea necesario, poner la situación en su conocimiento. También pueden buscar apoyo de organizaciones o profesionales con experiencia en protección de derechos, convivencia escolar o diversidad sexual y de género para comprender qué otras alternativas de acompañamiento y protección están disponibles.


6. Encontrar comunidad sin tener que representar a nadie

Una parte importante de sentir que pertenecemos a un colegio tiene que ver con los vínculos que construimos dentro de él. Tener amistades con quienes podemos ser nosotros mismos, compartir intereses con otras personas, participar en un equipo, un club o un proyecto y encontrar espacios donde nuestra presencia es valorada puede hacer una diferencia importante en la manera en que vivimos la experiencia escolar.


Para estudiantes LGBTIQ+, encontrar personas con experiencias, preguntas o identidades similares puede tener un valor particular. Saber que no son las únicas personas que están viviendo determinadas experiencias, encontrar referentes o simplemente compartir con otras personas sin tener que explicar constantemente quiénes son puede contribuir a construir vínculos, apoyo y sentido de pertenencia.


Esa comunidad puede encontrarse de muchas maneras. Puede surgir de una amistad, de un grupo de compañeros, de una persona adulta de confianza o de espacios de participación que ya existen en el colegio. Algunas instituciones cuentan con grupos de diversidad u otras iniciativas estudiantiles donde es posible encontrarse, conversar y promover una comunidad más respetuosa e inclusiva.


No todos los estudiantes necesitarán o querrán participar en estos espacios, y encontrar comunidad tampoco tiene que ocurrir necesariamente alrededor de la identidad. Para alguien, su lugar puede estar en el equipo de fútbol, la banda, el club de lectura, el grupo de teatro o simplemente entre las personas con quienes disfruta compartir el recreo.


Al comienzo del semestre, puede ser útil conocer qué espacios de participación existen y cuáles despiertan interés. Las familias pueden acompañar preguntando no solo “¿ya hiciste amigos?”, sino también “¿hay algún lugar donde te sientas especialmente cómodo?”, “¿qué actividades te gustaría probar?” o “¿hay personas con quienes sientas que puedes ser tú mismo?”.


Si un estudiante quisiera encontrar un espacio relacionado específicamente con diversidad sexual y de género y el colegio no cuenta con uno, puede conversar con una persona adulta de confianza sobre qué posibilidades existen de conformarlo y qué apoyo podría ofrecer la institución. Participar en la creación o el liderazgo de estos espacios puede ser una experiencia muy valiosa para quienes deseen hacerlo, así como acompañar a otras personas, proponer cambios o involucrarse en iniciativas relacionadas con la diversidad. Pero esa participación debe surgir del interés de cada estudiante y contar con el respaldo de las personas adultas, no convertirse en una responsabilidad o expectativa asociada a su identidad.


Ser LGBTIQ+ no convierte a un estudiante en representante de todas las personas LGBTIQ+, ni le obliga a explicar conceptos, responder preguntas sobre su identidad, educar a sus compañeros o defender públicamente los derechos de una comunidad. Tampoco debería esperarse que sea quien señale cada situación de discriminación o proponga las soluciones para hacer que el colegio sea más inclusivo. La responsabilidad de construir ese entorno sigue correspondiendo a las personas adultas y a la institución.


7. Cuidar otros espacios que también nos hacen bien

Con el regreso a clases, el colegio vuelve a ocupar una parte importante de los días. Regresan las tareas, los horarios, las actividades extracurriculares y las responsabilidades, y puede ser fácil que otros espacios que hacen parte de la vida empiecen a quedar relegados.


Sin embargo, el bienestar también se construye fuera del colegio. Las amistades que no pertenecen al entorno escolar, el tiempo en familia, el deporte, la música, el arte, los hobbies, las comunidades de las que hacemos parte, los momentos de descanso o simplemente el tiempo para hacer algo que disfrutamos pueden ofrecer conexión, disfrute y una pausa frente a las exigencias cotidianas.


Para las infancias y adolescencias LGBTIQ+, algunos de estos espacios pueden tener un significado especial. El regreso a clases no debería comprometerlos ni tampoco esas otras relaciones que contribuyen a su bienestar y sentido de pertenencia.


Al organizar nuevamente las rutinas del semestre, puede valer la pena mirar no solo cómo cabrán las responsabilidades escolares, sino también qué queremos procurar que siga teniendo un lugar. No todo aquello que hace bien necesita ser productivo, mejorar una habilidad o aportar al desempeño académico. Conservar tiempo para las personas, actividades y espacios que disfrutamos también es parte de cuidar el bienestar durante el año escolar.


Para terminar

En nuestra entrada anterior hablamos de lo que pueden hacer directivas, docentes y demás integrantes del personal escolar para fortalecer el entorno desde el comienzo del semestre. Esta vez hemos mirado ese mismo regreso desde la experiencia de estudiantes y familias.


Las dos perspectivas se necesitan, pero las responsabilidades no son equivalentes. Los estudiantes y las familias pueden conocer mejor cómo funciona el colegio, identificar personas y espacios de confianza, mantener abiertas las conversaciones, cuidar la privacidad, saber qué hacer cuando algo no está bien y preservar aquellos vínculos y espacios, dentro y fuera del colegio, que contribuyen al bienestar y al sentido de pertenencia.


Contar con estas herramientas puede ofrecer mayor claridad y confianza para transitar la experiencia escolar. Pero no debería convertirse en una condición para estar seguro, ser respetado o pertenecer. Son las instituciones educativas y las personas adultas que trabajan en ellas quienes tienen la responsabilidad de construir las condiciones para que estudiantes puedan aprender y desarrollarse sin tener que ganarse ese respeto, explicar quiénes son para recibirlo o asumir personalmente la tarea de hacer que su colegio sea un lugar más seguro e inclusivo.


Construir un mejor entorno escolar requiere instituciones que asuman sus responsabilidades, familias que puedan acompañar y participar, y estudiantes cuyas experiencias, necesidades y voces sean escuchadas y tomadas en serio.


¿Qué podemos hacer desde casa para acompañar la experiencia escolar de las infancias y adolescencias, respetando sus necesidades, sus tiempos y su autonomía?


Les leemos en los comentarios.


Sigamos aprendiendo en compañía.


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