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¿Estamos hablando de lo mismo?

Therians, identidad de género y el desafío de pensar con claridad


Imagen creada con apoyo de IA
Imagen creada con apoyo de IA

Hace unos días me llamó un profe que participó en uno de nuestros procesos de formación.


Llamó porque estaba confundido.


He visto en redes muchas publicaciones sobre los therians… y algunas personas las están usando para hablar de identidad de género. ¿Tiene algo que ver? No quiero responder mal cuando surja la conversación en el colegio.


Fue una llamada muy valiosa, porque nacía de la responsabilidad y la búsqueda de claridad.


Y esa búsqueda se está repitiendo en distintos espacios: en salas de profesores, en conversaciones familiares, en grupos de WhatsApp donde alguien comparte un video o meme.


Estas escenas revelan algo más allá de una discusión puntual sobre un término específico: estamos aprendiendo a pensar en medio de un ruido digital que mezcla ideas diferentes y las presenta como equivalentes. Esto ocurre no solo cuando hablamos de diversidad sexual y de género, sino también en muchas otras conversaciones públicas. Por ejemplo, cuando recomendaciones de salud basadas en evidencia se presentan en redes al mismo nivel que consejos virales sin fundamento.


Las referencias a los llamados therians han empezado a circular con más fuerza en medios y redes sociales. En muchos casos, no con la intención genuina de comprender esa subcultura, sino como una comparación utilizada para cuestionar o invalidar las experiencias de personas con identidades de género diversas.


Cuando esto ocurre, la conversación deja de centrarse en comprender qué significa cada cosa y pasa a operar desde una lógica de falsa equivalencia: realidades distintas que se presentan como si fueran comparables únicamente porque se colocan deliberadamente en el mismo plano de la conversación. Pero poner dos temas juntos no significa que hablen del mismo tipo de experiencia. Cuando esa diferencia se borra, la conversación pierde precisión y lo que queda es más ruido que claridad.


Y cuando falta claridad, no solo se pierde calidad en el debate. También se dificulta la posibilidad de acompañar bien —en todos los espacios donde estas conversaciones impactan la vida de personas reales: las familias, los colegios y la conversación pública.


Quizá la primera pregunta que necesitamos hacernos es:


¿Estamos hablando realmente de lo mismo?

¿Qué es la cultura therian?


El término therian (o therianthrope) se utiliza dentro de ciertas comunidades para describir a personas que sienten una conexión profunda con un animal específico. Para algunas personas esta conexión tiene un sentido simbólico o espiritual; para otras forma parte de una manera de comprenderse a sí mismas dentro de una comunidad que comparte relatos y experiencias similares.


Les confieso que la labor investigativa para escribir este texto no fue nada fácil. Hasta el momento existe poca literatura académica publicada en revistas indexadas que analice directamente la subcultura therian tal como aparece hoy en espacios digitales. Además, el término therianthropy suele abordarse desde varios marcos distintos.


En algunos textos de psiquiatría se ha empleado para describir casos clínicos, poco frecuentes, en los que una persona experimenta la creencia de transformarse en un animal. En otros campos, como la antropología o la arqueología, aparece vinculado a experiencias espirituales presentes en distintas culturas, donde las figuras humano-animal o los vínculos simbólicos con animales forman parte de sistemas de creencias. Ninguno de estos enfoques se refiere a las comunidades digitales contemporáneas donde hoy circula el término therian.


Gran parte de las conversaciones contemporáneas comenzaron a articularse en internet en los años noventa, en foros y listas de correo donde las personas intercambiaban reflexiones sobre esa conexión con animales. A partir de estos espacios, algunos investigadores han descrito el therianismo como una subcultura contemporánea que se ha desarrollado principalmente en entornos digitales, donde sus participantes comparten lenguajes, relatos y formas de reconocerse dentro de una comunidad.


Comprender esto no implica ridiculizar ni descalificar a quienes participan en esos espacios. Las subculturas forman parte de la diversidad de formas en que las personas construyen comunidad, significado y pertenencia.


El problema aparece cuando los distintos usos del término therian se mezclan en la conversación pública —los marcos clínicos, las interpretaciones culturales y las comunidades digitales contemporáneas— se produce una superposición de significados que dificulta entender de qué se está hablando realmente.


Algo similar ocurre con las imágenes que circulan en redes sociales. Muchos de los videos virales muestran a personas usando máscaras o disfraces de animales, caminando en cuatro patas o imitando movimientos animales. Sin embargo, esas imágenes no necesariamente representan lo que las propias comunidades therian describen sobre sí mismas.


Las plataformas digitales tienden a amplificar aquello que resulta más visual, llamativo o inusual, mientras que las explicaciones más complejas sobre una subcultura suelen circular mucho menos. Como resultado, lo que termina definiendo la conversación pública no siempre refleja la diversidad de experiencias dentro de la propia comunidad, sino aquellas imágenes que resultan más fáciles de caricaturizar.


Cuando esas imágenes se convierten en la principal referencia para hablar de la cultura therian, la conversación se simplifica y pierde matices.

¿Qué es la identidad de género?


La identidad de género se refiere a la experiencia interna y profunda que cada persona tiene sobre su propio género. Es la manera en que una persona se comprende a sí misma en relación con categorías sociales como mujer, hombre, ambos, ninguno o identidades que se sitúan fuera de esas categorías.


Esta dimensión forma parte del desarrollo humano y ha sido ampliamente estudiada en campos como la psicología, la medicina y las ciencias sociales. Las investigaciones muestran que la identidad de género comienza a desarrollarse desde la infancia, a medida que las personas construyen una comprensión de sí mismas y del mundo social que las rodea.


Todas las personas tenemos una identidad de género, independientemente de que sea o no motivo de reflexión en nuestra vida cotidiana. En la mayoría de los casos coincide con el sexo asignado al nacer; en otros, no. Cuando existe esa diferencia hablamos de personas trans o con identidades de género diversas.


Existe hoy un amplio consenso en la investigación científica y en organismos internacionales de salud —como la Organización Mundial de la Salud, la Asociación Americana de Psicología y la Asociación Americana de Pediatría— en reconocer la identidad de género como una dimensión del desarrollo humano y en subrayar la importancia de acompañar estas experiencias desde el respeto y el cuidado.


Las personas trans, no binarias y con otras identidades de género diversas han existido en distintas culturas y momentos históricos. En las últimas décadas, el avance de la investigación científica y de los marcos de derechos humanos ha contribuido a comprender mejor estas experiencias y a fortalecer enfoques que promueven el bienestar, la dignidad y el respeto hacia las personas.


Cuando hablamos de identidad de género estamos hablando de una dimensión del desarrollo humano que ha sido objeto de estudio durante décadas y que hoy forma parte de las conversaciones contemporáneas sobre bienestar, salud mental y derechos humanos.

Una de las formas en que esta conversación está apareciendo en redes y en el debate público es a través de comparaciones que ponen experiencias muy distintas en el mismo plano.


“Si alguien puede decir que es un animal, entonces cualquiera puede decir cualquier cosa sobre su género”.


Muchas comparaciones de este tipo –“therians vs. personas trans”– funcionan porque utilizan la trampa de la comparación extrema, toman un ejemplo extremo o, en este caso, poco comprendido, lo ponen junto a una conversación compleja e insinúan que ambos son equivalentes. De ese modo, experiencias humanas complejas se reducen a caricaturas, se genera burla y se crea una sensación de absurdo que además funciona muy bien para la lógica del clickbait y la viralidad en redes sociales.


Pero cuando se usan ejemplos extremos para desacreditar realidades humanas complejas, no estamos entendiendo mejor. Ocurre lo contrario. La conversación se simplifica hasta el punto de evitar pensar sobre lo que realmente está en discusión.


La identidad de género es una dimensión del desarrollo humano, documentada y estudiada durante décadas. El therianismo es una subcultura digital con sus propias lógicas y comunidades. Que circulen en la misma conversación no las hace equivalentes.


A veces, cuando los cambios sociales nos desafían, buscamos ejemplos que nos permitan simplificar o ridiculizar aquello que todavía no comprendemos del todo. Distinguir de qué estamos hablando —y en qué plano se sitúa cada conversación— es una forma de recuperar la claridad.


Y esa claridad importa especialmente en contextos educativos. Porque los adultos somos quienes damos el tono de las conversaciones.


Cuando no tenemos herramientas conceptuales, el ruido de las redes entra fácilmente al aula y a la casa. Pero cuando las tenemos, se reduce la ansiedad, se protege el clima relacional y se crean espacios más seguros para que las infancias y adolescencias puedan hacer preguntas sin miedo.


Si esta conversación llega a tu clase o a tu casa, aquí hay algunas formas de responder:


  • “Creo que estamos mezclando conversaciones diferentes. ¿Te parece si diferenciamos de qué habla cada una?”

  • “No todo lo que se pone en la misma conversación habla del mismo tipo de experiencia humana.”

  • "Antes de opinar, ¿sabemos realmente de qué estamos hablando en cada caso?"


Responder desde la claridad —y no desde la burla o la confrontación— suele hacer la conversación más humana.


Después de explorar la pregunta que motivó la llamada de aquel profe —si las referencias a los therians tienen algo que ver con la identidad de género— y de la investigación que implicó escribir este texto, tanto quienes lean estas líneas como yo contamos con mejores herramientas para reconocer cuándo se están mezclando conversaciones distintas y cómo volver a poner claridad sobre la mesa.


Y en tiempos en los que el ruido digital tiende a simplificarlo todo, esa claridad es también una forma de cuidado. Porque cuando las conversaciones se sostienen desde el respeto, el conocimiento y la dignidad de las personas, se abren más posibilidades de diálogo.

¿Ha aparecido esta conversación en los espacios que compartes con infancias y adolescencias? ¿Qué reflexiones o preguntas te gustaría sumar a esta conversación?


Te leo en los comentarios.


Sigamos aprendiendo en compañía.

Algunas referencias para profundizar


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